Alberto sonrió involuntariamente, para él mismo, al abandonar el vagón del ferrocarril. Fracasó al intentar recordar la vez última que había estado fuera de Praga, hace ya demasiados meses. Sí, se había perdido en una marcha de fiestas, exposiciones, citas y vespertinas reuniones del trabajo que le habían mantenido inesperadamente en la gran ciudad. ¿Quizás el último viaje había tenido lugar el verano pasado? Toda una vida había acontecido desde entonces.
En Praga ya todo el mundo hablaba inglés, o casi todos. Al menos sabían comunicarse, decir “yes” o “no” o “maybe”. Decir el precio de las cosas, mostrar el menu. Eso en el peor de los casos. Le había tomado año llegar a nivel avanzado de checo, con una gramática para la que había necesitado mucho paracetamol. ¿Y para qué? Ya sólo para papeleo oficial le necesitaba. Pero aquí, en este pueblo, con su feria veraniega al lado de su pequeño castillo, alejada del mundanal praguense, y tavernas estancadas hace 20 años, seguro que podría usarle de nuevo. Se sintió orgulloso de ello.
Pero no pudo encontrar la jodida calle en la que estaba el hotel (pensión, en realidad). La aplicación del teléfono le daba la dirección, pero no aparecía en Google Maps. Se dio cuenta también de que dos o tres cafeterías y negocios locales ya habían desaparecido por completo, desactualizado el moderno mapa. Carajo, pero no – porque vio a dos ancianitas cuyas lenguas fluían fácilmente, quizás hablando de alguna vecina o alguna telenovela diurna. Hora de usar ese checo avanzado del que tanto se ufanaba.
Con su piel tostada se presentó ante ellas, y respetuosamente se preparaba a lanzar la pregunta cuando una de ellas, al verle, le hizo una señal de que se alejara, tras decir después que estaban ocupadas, que no hablaban inglés, no, no inglés, no inglés. Alberto sonrió para sí, satisfecho y orgulloso, alegre, y procedió a decirles en su lengua “dobry den”, buenos días. Los ojos de las dos ancianitas se abrieron, sorprendidas pero especulando si aquel tostado hombre podía decir algo más, a lo que él respondió con un una pregunta, en checo, siempre en checo: “Mucho calor hoy, no?”.
Una ligera conversación impersonal tuvo lugar entonces, con la muy, muy obligada interrogante de cómo y porqué y por cuánto tiempo estudió Alberto checo para hablarlo tan fácil, tan fluido, tan natural. Una de ellas procedió después a quejarse de los, bueno, malvados extranjeros que no hacían caso de los locales y no hablaban inglés, aunque ese fuera el país de los checos y el checo fuera su idioma. No querían que les impusieran otro idioma de nuevo.
Súbitamente el estómago de Alberto se estremeció, hambreado. Y su espalda le dolía un poco, con esa maleta tan grande. Así que con presteza les preguntó si conocían en dónde estaba tal calle, que no la encontraba y que debería estar cerca. Una de ellas le respondió, ligeramente molesta, girando su cuerpo hacia el de su comadre, que ya le había dicho que estaban ocupada, que las dejara en paz. Alberto calló, sorprendido, con las ojos bien abiertos, y su silencio trajo una vez más las palabras de la otra anciana: “Sí, estamos ocupadas, ya te dijimos que nos dejes en paz”.
Alberto emprendió el camino hacia ninguna parte, sonrojado, apenado, y luego molesto, brevemente iracundo, y al final lanzó un par, o quizás cinco, malas palabras mexicanas, al carajo esto y lo otro y tal bandera y tales modales y tales actos históricos y tales pretextos y tales mentiras. Evocó similares momentos en otros países circundantes, evocando el instante en el que, en cada ocasión, pensó que esa negativa a la interacción era meramente, simplemente causada por algo tan pequeño como lo es la barrera del idioma.