El extranjero inició su silenciosa invasión en la honda noche en la granja central, tan inmensa, tan larga, tan ancha, y tan abarrotada de fuertes gallinas, que podría haber alimentado a millones de hombres. Su plan era permanecer un par de horas, fumar un cigarillo, tras haber caminado de tan lejos, y así como vino, salir con dos o tres gallinas, máximo. Después podría contar su gesta allá en su tierra lejana, en donde el hambre cundía.
No fue problema entrar, porque las rejas estaban en mal estado, y los perros guardianes yacían dormidos, ya desde que el sol se empezaba a poner, luego de beber agua ininterrumpidamente toda la fría tarde. Se asomó por las ventanas de la callada casa en medio de la granja, tan grande como una catedral, y vio por las ventanas sucias que los granjeros, que eran una docena o mucho más, yacían a su vez tumbados en sillones sucios y viejos, de aguardiente llenos los enormes vasos, enormes como ellos mismos, mientras gritaban y discutían y cantaban, despreocupados y vencidos por oscuridad y el alcohol.
Ya en el corazón de la granja se sentó finalmente en una piedra tibia, sacando su desnutrida caja de cigarros, y se encendió uno, felicitándose a sí mismo por la suerte de que aquella noche, los perros, los granjeros y hasta las gallinas mismas, tan serenas, parecieran confabulados todos para brindarle el éxito.
Pero se sobresaltó al ver, de pronto, a otro hombre, otro extranjero, de piel color abismo, como la suya, a unos metros, también fumando un cigarillo también. Aquel extraño, cual sombra, levantó la mano en inesperado y amigable saludo, a lo que siguió un pequeño monólogo, el que casi le da un infarto, ante el miedo de que la noche se despertara ante su alta voz:
“Buenas noches, mi buen hombre. No hay necesidad de perder la calma, que nada, o casi nada, hay que pueda azuzar esta noche contra nosotros. Sólo la mañana es peligrosa, y en ella, ni nuestros más grandes cuidados nos salvarían de los perros, de los granjeros, ni quizás de las mismas gallinas, que están de terrible humor cuando el gris sol les da de frente. Para que se tranquilice usted, le confesaré incluso que soy un ladrón casi profesional, que suele venir a robar una gallina cada seis meses, y así lo he hecho por casi diez años. Hasta podría escribir una guía que no dejara riesgo de errores en absoluto. Permítame sacar mi botella de aguardiente, brindar por la inutilidad de los granjeros, porque, ya lo verá usted, incluso sin su cuidado, las gallinas se reproducen inmensamente, casi como por arte de magia. Quieres usted un sorbo? No? De acuerdo, quizás la vez próxima, si nos vemos por aquí en seis meses. Ahora me voy con mi gallina que el hambre me mata y quiero desayunármela en mi cama y ya descansado y dormido.“
Dicho esto, el otro extranjero se alejó cantando, manteniendo en alta alarma los nervios suyos. Pero nada cambió, todo permanecía tranquilo, y al recorrer, con gran calma, la granja, tan amplia como era, observó que en realidad, aunque muy fría la región, no estaban en gran estado los cobertizos, las chozas, ni las fuentes de agua, ni parecía haber comida dispuesta apropiadamente para las gallinas. Y si era cierto que las gallinas se reproducían sin cuidado de los granjeros, como por arte de magia?
Iba a tomar una sola gallina, convencido cada vez más de que la historia del otro extranjero era cierta, y de que podría volver por otra pronto, y comerla fresca y lozana. Pero la curiosidad le ganó y se acercó a la casa de los granjeros, tan grande como una catedral, y miró por las ventanas largo rato a esos hombres enormes, de manos grandes, sin cuello y sin pelo. Parecían ser unos brutos pero al mismo tiempo parecían llevar una vida apacible, sin esfuerzo, y con comida y ventajas aseguradas, sin apenas hacer gran cosa. Y se topó entonces con barriles de cerveza y aguardiente y destilados afuera, en una palapa que yacía al lado, y se imaginó entonces volverse parte de ese grupo y vivir sin miedo a la hambruna y sin esfuerzo y con placeres del cuerpo satisfechos permanentemente. Así que, habiendo encontrado ropa de granjero, sucia, en la palapa misma, usó la noche en lavarla, secarla, remendarla y ajustarla, toda vez que, desnutrido, no podía llenar los pantalones ni la camisa, absurdamente holgados.
Llegó por fin el final de la noche, y los granjeros se despertaron a las siete de la mañana, con el segundo rayo del sol, con dolor de cabeza y deshidratados, de pésimo humor, y al verle allí, al extranjero, a su lado, reconocieron en su piel tostada y en la ropa ajustada, limpia y planchada, que no era de ellos. El más grande de ellos, un monstruo de orejas grandes y dientes caballunos, lanzó un gemido que levantó a la granja toda, colérico, dispuesto a matarle. El extranjero despertó de golpe, y en medio de la sorpresa y el pánico, saltó al piso, y empezó a correr en cuatro patas, como si fuera aquello una representación teatral. Los granjeros, sorprendidos primero, le encontraron gracioso después, y celebraron una junta, hablando acerca de los peligros de que aquella nueva mascota (porque eso parecía y eso tenía que ser, muy evidentemente) se pudiera comer a las gallinas, animal salvaje, sin control y pagano, lo que a ellos tanto trabajo les costaba cuidar (sic). Le acercaron por cien días una gallina cada noche, por si intentaba devorarla, morderla o robarla, y al día ciento y uno le dejaron libre, satisfechos, sabiendo que era una mascota, y una mascota nada más.
El otro extranjero volvió silbando un par de meses después, antes de que terminara de caer la noche, y desde lejos, fumando un cigarrillo, vio como su otrora compañero de hurto corría cual liebre por la granja, con la lengua de fuera, y se preguntó entonces cómo carajos podría haber aquel amigo haber caído tan bajo. “Supongo que lo atraparon aquellos granjeros inútiles”, se dijo riendo. Aquella noche, como de costumbre, se llevó su gallina de la temporada, con la mascota de la granja durmiendo dentro de la casa, a los pies de los dueños, y borracha.