Estaba sentado detrás de un biombo rojo cenizo y descolorido y que apestaba a agrio cigarro, dispuesto a beber una última copa, una ginebra barata, en San Viernes, solo. Eran ya casi las dos, y ya casi cerraba el lugar. Pronto hora de ir a casa temprano, desperdiciando el trozo de fin de semana. Me entretenían, o quizás meramente distraían, pensamientos alrededor de relaciones tóxicas, la respuesta auténtica y humanista a estar casado, y similares asuntos sin mucho valor intelectual.
El ruido pesado súbito de pasos ajetreados anunció la llegada de alguien al bar, pero el bimbo rojo cenizo y descolorido se interpuso entre nosotros. Tras algunos taconazos una voz femenina, coloreada de sobriedad, le preguntó a la aburrida dependiente de lentes si podían pedir una última ronda. “Sí, pero cerramos en treinta minutos”, respondió secamente, profesional. No escuché respuesta pero me imaginé a la clienta y a su acompañante asentir, satisfechos. Tomaron sitio a mi lado, con el biombo aún interponiéndose entre nosotros. Tan lejos y tan cerca. Habló su acompañante y reconocí la voz: “Aaaah! Es J… P…” proclamé en alta voz en mi mente.
La mujer habló de volver a casa, en algún otro país. ¿Quién podría ser esa mujer, de voz compleja, sobria, serena, hasta paciente? A excesivas mujeres intentaba seducir J… P…, desperdiciando su abundante tiempo libre, desempleado. Afición única y absoluta. Pero eran siempre chicas más jóvenes, borrachas, impulsivas, hasta ingenuas y tontas. La mujer de esta noche se alejaba de su mujer típica.
Él, inesperadamente, con voz melosa, romántica, inusitadamente adolescente, lanzó una broma que apenas le arrancó una muy breve risa, seguido de un muy común y muy corriente y muy desgastado cumplido. Me pareció escucharla soltar un corto suspiro, tras lo cuál dijo: “J…, somos amigos o poco menos o poco más… he pasado una corta estancia en esta ciudad y he tenido un buen tiempo contigo y tus amigos, pese a que siempre se endulzaran las miradas que me arrojaban, intentando emborracharme y todo lo demás”. Contuve la respiración, temeroso de interrumpirla con el sonido más ligero.
Escuché a J… P… guardar silencio. Me lo imaginé, con su barba de tres días, hacer una mueca de descontento. Ella continuó. “No te molestes en justificar a tus amigotes, he conocido a muchos chiquillos como ellos. Pero aprecio inmensamente el que escucharas mis palabras saladas de dolor tras terminar con mi novio. Lo sabes demasiado bien… Pero pasaste este último día conmigo no sin esperanza. No pongas esa cara. Somos todos adultos, y ni soy una santa, ni me eres del todo indiferente, pese a que nuestras personalidades como el agua y el aceite. Así que permíteme preguntarte de frente: si te ofrezco acostarte conmigo esta última noche, y mantenerlo en secreto para siempre, palabra de hombre de por medio, o, alternativamente, que no nos acostemos, pero que yo te autorice que se lo reces a toda la ciudad, como si innegablemente hubiera acontecido, ¿cuál escogerías?”.
En ese instante vino a ellos la aburrida chica de lentes, a decirles que era hora de pagar, tras lo que ella pareció pagar esas últimas copas. Esperé a que salieran, lanzándome entonces a pagar en efectivo y salir tras ellos, despojado de la solitaria monotonía, ahora azuzado por mi curiosidad ante la respuesta ante las dos opciones presentadas.
No sentí al salir del bar el fuerte viento estrellándose en mi cara, afligido ante quizás perderlos. Pero les vi a media distancia, caminando lentamente. Observé la figura femenina, su silueta, y la reconocí: ah! Sí, esa mujer extranjera, mayor que nosotros por un par de años. Pelo oscuro casi del color de la noche, siempre erguida elegantemente al caminar. Sí, ahora la recordaba. Y un auto apareció de la nada, enviado para recogerla, y ella abrazó a J… P…, dándole un beso en la mejilla, tras un efímero pero intenso abrazo. Ella se subió, sola, huyendo para siempre de esta ciudad. Él se quedó inmóvil, como petrificado, sólo moviendo la cabeza, por unos cinco minutos. Y como si despertara de golpe, volvió a la vida y se fue de prisa, ansioso.
La noche siguiente, un sábado fresco, en una fiesta en una terraza, bulliciosa y etílica, J… P… habló a todos, en voz alta y desenfadada, de cómo finalmente, él, a diferencia de los demás, sí había podido, finalmente, sí, seducir y acostarse con la deliciosa, difícil extranjera, ayer, tan larga la noche como una noche de invierno, sí, él, porque quien insiste y espera e insiste y se llama como se llamaba él, siempre, absolutamente siempre, seducir a su presa…