Finalmente exitosa

Sofía nunca fue especialmente popular en la universidad, ni entre los hombres, en realidad. Sólo Jaime, un flaco prematuramente calvo y con excentricidad patriótica, y yo mismo, intentamos salir con ella por aquel entonces. Pero la universidad, su gente, Jaime y yo eramos más bien prosaicos comparados a sus sueños y ambiciones: aprender un idioma escandinavo, un doctorado en un país escandinavo y vivir en un país escandinavo.

Ella no se dignó venir a la reunión del grupo universitario, diez años después, aunque supe que estaba en la ciudad. Le escribí, instigado por nostálgica curiosidad. “Estuve ocupada, tuve planes ese fin de semana”, respondió lacónica, como si nos hubiéramos visto ayer y nos fuéramos a tomar un café mañana. Revisé su perfil en internet, y vi que había en efecto estado viviendo en Dinamarca, que había aprendido danés, y que había estado estudiando un doctorado en economía en Copenhague.

Y resultó que dos años después finalmente me la encontré sentada, leyendo un libro en la terraza de uno de esos pretenciosos restaurantes hipsters fusión de, Dios sabrá qué cosa absurda. Dudé por un segundo pero decidí pasar a saludarla. Ella levantó la vista, al verme, aburrida, soberbia, reconociéndome con cansancio, y saludándome con una corta sonrisa corporativa. Su pantalón sastre gris y su blusa satinada en color verde azul, con el cuello alto, y sus lentes Prada combinaban bien con dicha sonrisa. Tras mantenerme yo mismo a propósito, casi divertido, en silencio, ella me preguntó cómo había estado “todo este tiempo” y sin pensarlo tomé la silla, poniendo mi aburrido cuerpo en ella.

Le conté al respecto de mi pequeña empresa, que acababa de vender hace un año, más por excesivo estrés que por haber alcanzado un buen acuerdo, “aunque no me fue tan mal”, mentí. Ella me observaba con calma, directo a los ojos, como una profesora de algún tema complejo y complicado. No se fijó en mi ropa, ni en mis zapatos, en mi cabello, como lo hacía en la universidad. Una vez le hice notar aquel gesto, y ella, sonrojada, bajando la vista, dijo que no se había dado cuenta, que no lo hacía a adrede, que la disculpara.

Cuando le pregunté por su propia vida, me imaginé que me hablaría sobre su doctorado en Dinamarca, o de algún trabajo actual o futuro allí. En su dulce rostro aún de niña buena, con su cabello castaño claro, y ojos perfectamente grises y grandes y perfectamente redondos, se dibujó una expresión de orgullo, comandada por los labios pintados elegante, sutilmente de rosa claro: “No podría irme mejor. Me voy a casar en un año”.

Digerí aquella declaración. Quizás quería deshacerse de mí. Quizás ella habría pensado, tras estos doce años, que seguía interesado, erótica o emocionalmente. Mas la felicité y le pregunté cómo se relacionaba ello con su paso por el país escandinavo. Me pregunté si su prometido sería algún Hendryk, de esos que tienen veinte camisas blancas, todas iguales, usando una cada día distinto, debajo de veinte blazers distintos pero odiosamente similares y con corbatas odiosamente similares, inversionista, jugador de bolsa, exitoso.

Ella sonrió altiva pero satisfechamente: “Nada tiene que ver. Viví allí dos años. Volví porque no puedo vivir fuera de mi país, porque no podría vivir sin mis amigos, mi gente”. Sorprendido, le interrogué acerca del doctorado: “No lo terminé, no es importante en mi vida esa clase de éxito, ya no más”, dijo, sorbiendo su café. Su expresión me evocó a mi profesora de literatura del bachillerato, al dar terminado su breve, compleja pero digerible interpretación de lo que significaba el final de Solaris, de Stanislaw Lem.

Me vio a los ojos en silencio, como si fuera un entrevistador y ella la experta siendo consultada. “Qué alegría que hayas encontrado, a diferencia de muchos, lo que tú verdaderamente necesitabas”. Asintió con la cabeza, sonriendo un poco más que antes.

Recordé en ese instante el pasado, sus sueños. Su papá, con opiniones fuertes y decididas pero de carácter sumiso, diciendo con recurrencia pero con pena que en este país no alcanza para nada, que hay otros países, como los escandinavos, que ya han encontrado el éxito, la cúspide. Recordé cuando Sofía buscaba una beca para el doctorado, y la mamá discutió con ella, férreamente presionándola de desistir, de convencerle de lo inútil que era ese sueño, un absurdo, materialista sueño. Sí, aquel día fue la vez única en que testifiqué el llanto de Sofía, aunque era un llanto peculiar: lleno de tristeza, pero de aún quizá mayor amargura, duelo, molestia, orgullo herido.

También recordé, a aquel Jaime, que era obstinadamente fastidioso e incansable con ella, incluso, más que yo. No acababa Sofía de decir que no podría vivir lejos de éste, su país? Una punzada sentí y le pregunté si era aquel su prometido, preguntándoselo como una broma. Sus ojos grandes y bien abiertos se parecieron burlar de mí. “No, Jaime nunca me gustó en lo absoluto”, respondió, “No, mi prometido es un chico de la universidad, más joven que nosotros por dos años. Simón, recuerdas? Nos hacían burla pensando que eramos parecidos físicamente, y que, viviendo en el mismo barrio, eramos gemelos o primos”. Sofía llamó, sin percatarse de mí o de alguna pausa, a la chica del lugar y le pidió la cuenta. Supuse que se iba pronto.

Noté que, al acabar de pagar, Sofía se vio en el espejo lateral, cuya presencia hasta ahora yo había ignorado. Se observó con detenimiento, sin prisa, con orgullo, dueña de sí misma, del lugar y de todo. Después sonrió al verme, recordando que no estaba sola. “Simón, recuerdas? Fue destino el encontrarnos. Vine de vacaciones de Copenhague, tras el segundo verano. Mi mamá estaba muy triste por la muerte de la abuela, y se disculpó por oponerse a mi sueño. Dijo que eramos familia y cualquier cosa que yo hiciera me haría feliz”. Recordé a su difunta abuela, la mamá de su mamá, y recordé con ello el tremendo parecido entre ellas tres, con sus cabellos castaños, sus grandes ojos redondos, la cara de niña de casa, de papá.

“Al poco tiempo vino Simón a darnos el pésame, y me invitó a tomar un café. Me di cuenta de que me atraía su calma, su timidez, el que yo podía disponer de él. Es una excelente persona, maravilloso. Y exitoso, porque trabaja en una empresa de IT, aunque no sé qué hace exactamente, pero sé que tiene un puesto alto. No necesito el éxito si mi esposo lo tiene. Eso es mejor, desde mi perspectiva pragmática, que el que yo lo logre. Le hablé de que quiero ser mamá a más tardar en dos años, así que ya lo tiene en cuenta. Estaré en casa y criaremos a nuestros hijos. Jamás podría dejar mi país”, sentenció. De disculpó por salir de prisa, ya que Simón la esperaba afuera. Un gusto verme, dijo, aunque sin emoción hacia mí, con toda la emoción concentrada en sí misma y en su éxito alcanzado, no por casualidad, sino por destino, supuse.

Salí con calma, pensativo. Había sido Sofía una persona distinta a la que conocí en la universidad? Diferente a como la imaginé siempre? Su papá le había apoyado a rebelarse, pero ahora, había sido ella, o la mamá, o la abuela, quien le había ayudado a revelarse? Recordé que la hermana mayor de Sofía era la favorita de la mamá, y que ella nunca ejerció el derecho, sino que se casó a la mitad de los veinte años, y tenía dos hijos antes de cumplir los treinta.

Al salir los vi abrazados. Mejor dicho, ella se agarraba al brazo de él, y él, tímido, con los ojos pequeños, respondía a las interrogantes sobriamente lanzadas por ella. Una hoja voladora de un árbol cercano se colocó encima de la camisa perfectamente planchada de él, evidentemente cara, y ella la arrancó como se quita una mancha de café, como se quita puré de papa, como salsa de tomate escurrida. Ella comenzó a caminar, llevándolo a que la llevara a alguna parte. Y recordé a Simón en la universidad: tímido pero poco profundo, a diferencia de Mario, el mecatrónico; pasivo pero sin ideales, no como Magdalena, la filóloga francesa; y pretencioso, pero con dinero, a diferencia de Sofía, cuya familia nunca tuvo dinero. Intrascendentes.

Leave a comment