Me adulteré este sábado, cosa bastante usual, y caminé todo torpe y pazguato hacia mi casa. No me fijé en la hora pero ya amanecía y la lluvia nocturna había dejado la yerba de los parques y jardines toda húmeda y olorosa. ¿Porqué me adultero, me pregunto? Porque me hallo aburrido, quizás.
Caminaba ya por treinta minutos, enfurecido conmigo mismo por haberme quedado sin batería en el teléfono y sin efectivo y sin taxi, cuando un gigante se me cruzó en el camino, también adulterado y también con caminar torpe y sin coordinación. Me vio, y dudando por dos segundos, abrió la boca: “Conoces algún bar por aquí cerca?”. Lo vi, sorprendido, pensando que me pediría dinero o me diría que es hora de los extranjeros no sacáramos a la chingada. Todavía con reserva, mascullé: “No, nada hay abierto ya. Vivo aquí cerca y vengo del centro, y todo está cerrado ya”, solté honestamente.
El gigante, que era más bien atlético, de cabello oscuro, casi negro, se tocó instintivamente el rostro más bien atractivo, y dijo después de unos segundos: “Perdón, es que… mi novia me ha mandado al diablo esta noche, porque se enamoró de otro, y vengo ahora de su casa, después de que me llamara en la madrugada para decírmelo de golpe”. Asentí. Sí, claro, quería un trago. Necesitaba un trago más.
Lo vi con detenimiento, ya sin miedo, y observé en el gran fragilidad. Parecía confundido, adolorido, sorprendido, hasta humillado. “Te puedo invitar un trago? Me parece que hay un veinticuatro horas abierto cerca de aquí”, le solté. Me vio, y un rictus de dolor se presentó en su rostro, aunque apenas por medio segundo, y rió con tristeza. “Sí, por favor… no, no, ya no debería beber. Me duele todo en todas partes, y quisiera seguir desahogándome pero las fuerzas me faltan ya. Me faltan las fuerzas en todo mi ser”. Soltó un suspiro, y luego otro, sin saber qué hacer.
Vio su reloj, vio su teléfono, quizás esperando algo. Después agregó: “Si no estuviera tan borracho, me gustaría contarte de mi novia. La adoro y me duele que no seamos el uno para el otro, pero supongo que uno nunca sabe qué demonio pasa en la vida, no lo controla. Sólo sé que me duele hasta lo más hondo. Pero si me obsequias dos palabras de esperanza, o de remedio, te lo agradecería mucho”. Lo vi, alzándose como una torre, como una torre que se pudiera venir abajo en cualquier momento, y le dije: “Sólo puedo decirte que este dolor durará, y que enfrentándolo, viéndolo de frente como se ve al sol de verano, aunque te queme, pasará”. Qué torpeza, qué simpleza de mi parte, pero esas cervezas me habían adormilado las neuronas.
Pero el gigante sonrió, y soltó llanto sin soltar lágrimas, apenas por otro instante. Suspiró una vez más y me respondió: “Te lo agradezco. Creo que tienes razón. Gracias. Perdona por haberte fastidiado la madrugada con mi dolor”. Me obsequió un abrazo torpe pero honesto, de anónimo ebrio, y le dije que apreciaba que me hiciera participe de un trozo muy pequeño de su vida.
Pidió un taxi, y vino el taxi dos minutos después. Me abrazó de nuevo, despidiéndose, y me dijo que “quizás es hora de volver a mi país… si alguna vez vas allí, búscame en tal bar, que allí voy cada sábado después de jugar fútbol”.
Tras partir, me dije que era un encuentro más bien extraño. Sí, extraño, porque me pareció inverosímil que un hombre me regalara palabras anónimas sobre su vida. Sí, extraño, porque los hombres no lloran, los hombres no sienten, los hombres no sufren ni son vulnerables.
Qué pena darme cuenta así de que me he acostumbrado a vivir entre personas para quienes las emociones son un obstáculo, una distracción. Un lugar en donde los hombres son de hierro. Porque eso les dicen, les cuentan, les ordenan las abuelas y las madres.