Julio me citó a las diez y media de la noche en un día entre semana en El Breve Espacio, para discutir quién sabe qué cosa entre libros, jazz, o quizás rock, y café y ron o vino y cerveza. Aquí mismo le vi hace hace siete veranos, o quizás ocho, la vez en que, al pedirle consejo emocional, nos hubimos de hacer verdaderos amigos.
Y es que antes le detestaba, como le detestaban muchos conocidos hombres. Quizás era porque, además de ser economista, tras bochornosa imposición de su padre, había estudiado música clásica, bailaba cumbia o salsa, qué sé yo, y encima tenía buen rostro, con la quijada cuadrada, los ojos grandes y delineados, y arrogantemente culto. Como patada de burro a la frágil autoestima masculina pública.
Nos abrazamos al vernos, y pedimos dos cervezas claras bien frías. Él hizo preguntas irrelevantes, obligadas, y se bebió esa primera cerveza en apenas tres tragos. Después me soltó palabras lastimeras: “Me jodí la vida, Pedrito”, sin suspirar, resignado.
Cuando iba a la mitad de su segunda cerveza, y tras varios cigarros, se soltó, se dejó libre a sí mismo, destrabó la lengua. Había mantenido una muy breve relación con Carolina, una música, como él, pianista. No era su tipo, más bien menuda, casi desnutrida, de cara enjuta, ojos demacrados. Pero su ecuanimidad le resultó curiosa, hasta útil. Decía cosas interesantes, tenía ideas ligeramente estrafalarias pero cautivadoras. Un día dejaron de verse porque sí, porque se acabó el calor en los cuerpos, como un fuego desbocado pero muy fatuo. Apenas un instante.
Se bebió la mitad de la segunda cerveza, pidiendo tres más (una era para mí), y continuó de trancazo entonces: en un bar de música tropical se vieron de nuevo, cada uno con una cita nocturna. Sus ojos se vieron, se dijeron de todo, cosas malas, espantosas, y también se recriminaron el que no se fueran indiferentes, sí, inesperadamente, tras casi un año de ausencias. Esa noche, perturbado consigo mismo, se fue a la casa con su cita, con una extranjera rubia, pero el largo placer carnal no le había quitado de la cabeza el sentimiento, las dudas, el desasosiego.
Recibió un mensaje de Carolina algún par de días después. Le decía que quizás había sido un error dejarse de ver, que se sabía absurda en ese mensaje, pero que necesitaba desembuchar la verdad, involuntariamente. Le pidió verlo, hablar. Extender, prolongar, volver permanente su relación, o acuchillarla, sofocarla, extinguirla para siempre. Pero tenían que decidirlo juntos, en persona. Ella sabía que él también había vibrado en su mirada. Pero Julio no le respondió. No supo porqué pero la reemplazo con otras, al menos en la desnudez corporal.
Un día la vio entrar, sin que ella lo notara, en una librería-cafetería cerca de su nuevo domicilio. La vio melancólica, caminando casi lentamente, perdida en sí misma. Observó cómo hojeaba libros, y finalmente se decantaba por uno, tras dudarlo unas veinte o treinta veces. La vio salir, viendo al cielo, preguntándole si le llovería encima, y partió. Era un sábado por la tarde, y por casi un año completo él asistió a la esquina de la cafetería, esperando verla, y quizás le vio unas cinco o seis veces, hasta que ella lo sorprendió. “Me debes una respuesta”, le dijo ella, casi con cariño, y le apretó la mano, yéndose. Y él dejó de ir allí.
Se empezó a preguntar si la quería o meramente la deseaba. Mero capricho quizás. O soledad emocional, intelectual que le arrojaba, en desesperación, a una persona con la que podía entenderse apenas un poco. Se preguntó porqué no dejaba de pensar en ella y aún más porqué no podía entender qué pasaba en él.
Y cuando ella le escribió un mensaje de cumpleaños, meses después, él se dijo que era suficiente de todo ese asunto absurdo e inservible y empezó a salir con la hija de una amiga de su madre, recomendada, buena chica, tranquila, muy religiosa, a la que se aferró en la facilidad de su trato, y porque no le causaba dudas, parecía que nunca lo dejaría a él, a Julio, y porque comenzó a pasar tiempo con ella, y la cotidianeidad les acercó muy fácilmente.
Y hace una semana se la había encontrado en una exposición. Carolina iba con un hombre mayor, con quien conversaba extensamente. Él hirvió de celos, de odio, de coraje, de ira, de impotencia. Soñó con ella, en dos o tres pesadillas que tuvo esa noche, aunque no las recordaba, quizás de lo dolorosas, reveladoras que le habían resultado. Es que no se conocía a sí mismo? Es que no se podía controlar?
Carolina le escribió por la mañana, a las cinco o seis: “No me gusta tu nuevo bigote pero me dio gusto verte, aunque haya sido a la distancia”. Él le respondió que a él no le gustó el bigote del hombre que iba con ella. “Mi padrastro es muy inteligente, pero tiene pésimo gusto”, replicó. Ya, al demonio tantas dudas, o miedo, o lo que fuera. Se decidió al instante a llamarla pero, cosa curiosa, en ese instante recibió otro mensaje, de su novia: “Julio, vamos a ser papás! Lo confirmé con el médico”. Julio sintió frío pero abrasador sudor en la espalda, y en las manos y en el rostro. Quizás hasta en el alma.
Nos despedimos a las cuatro de la madrugada, y me pregunté si Julio estaba realmente con las manos atadas, o si él mismo se las había atado en el pasado y en su futuro. Lo vi irse triste y taciturno, como si tuviera que tomar una decisión terrible, pero supe, conociéndolo, escuchándolo, que sería la vida, y quizás el miedo a vivirla, a tomarla, a domarla, quienes en realidad tomarían esta decisión y todas las decisiones del resto de su vida.