Melancólicamente saboreo la imagen de Julian, con barriga perdiendo ya el cabello, y con sabias arrugas. Tanta felicidad le ha tatuado las comisuras de los labios, le ha dibujado en befa amistosa patas de gallo, y le ha comenzado a pintar los dientes de amarillo. Saboreo verlo con una sonrisa inmensa y muy honda, casi contagiosa, que casi invita a reírse de ella y con ella.
Lo veo casado con aquella chica de la que estaba demencialmente enamorado, tan absurdamente pero tan idóneamente, de aquella, sí, la de los ojos negros, bien grandes, y los labios pequeños, raros en la gente de su país. ¿María se llamaba? La veo distraída a su lado, en su pequeña casa en los suburbios, ya usando lentes, buscando algún libro que le recomendó su profesora de doctorado. Me imagino a Julián preguntándole, con esa sonrisa inmensa y muy honda, si quiere que le cocine pasta o arroz o que le pida algo más. Me la imagino levantando la vista, mientras se le caen los lentes, y ambos ríen bobamente, y ella le dice que pasta con atún está bien. Casi puedo escuchar los sonidos de algún perro, ya muy viejo, que han tenido por familia por casi diez años.
Me lo imagino esperándome en un bar, con un suéter verde muy viejo, tan descolorido, su suéter favorito, uno que habría comprado cuando visitó el país de María. Me lo imagino bebiendo una cerveza, diciendo que no bebe mucho, que nunca le gustó beber, como yo bien sé, desde aquella muy triste juventud. Me lo imagino quitándome los ojos de encima, viendo la mesa, sonriendo para mí y para sí y para la vida, cuando dice que le agrada que todo encontró su lugar en la tragedia de su propia vida, en esa pesadilla en la que el azar parecía burlarse de él perennemente. Ya había sufrido un mar de dolor apenas al haber cumplido los veinticinco años, quizás más de lo que muchas personas sufren en su vida entera. Pero con María pudo encontrar respuestas a lo que se podía responder, y resignación a lo que no podía ser enmendado. Yo asentiría, avergonzado de mi emoción, viejo simple y cursi.
Siento ahora, con amargura ya, que Julián haya tenido otra vida. No sé, a decir verdad, si podría haberse todo resuelto. Quizás no, quizás su vida habría sido imperfecta, todavía con mucho dolor, pero finalmente bien encauzada. La tragedia de su papá, las elecciones de su madre, la enfermedad de su hermana, la situación de los abuelos, el accidente que tuvo a los veinte años, el que perdiera a su hija no nacida cuando la novia adolescente murió en un choque. Los traumas, los miedos, los complejos que le tuvieron siempre prisioneros, con padres que quizás no deberían haber sido padres. La desconfianza permanente por la gente, incluso por mí.
Me saboreo imaginándomelo abrazando a María, si es que se llamaba María, diciéndole que también está enamorado de ella, y es más, que la adora, la ha adorado desde que se conocieron hace cinco años. Me lo imagino llorando, dándose cuenta de que finalmente pudo enfrentar sus fantasmas, de que pudo arriesgarse a perder a una persona al volverse tan cercano a ella. Me lo imagino con desconfianza, a veces con obsesión, pensando que María le puede dejar, se puede enamorar de otro, se puede cansar de él, puede tener un accidente, que alguien puede abusar de ella alguna noche, que algún criminal puede apuñalarla. Poco a poco, conforme pasara el tiempo, él iría entendiendo que la vida no podría ensimismarse en tratarle así por siempre, por siempre.
Suspiro al recordar que rechazó a María, fingiendo indiferencia, incapaz de declararle su amor mutuo, y luego alejándola, manteniéndola lejos, cual si le fastidiara su mera presencia. Me lo imagino, en vez de eso, escribiéndole un largo mensaje, diciéndole que ha sido un absurdo y un cobarde al sentirse frágil y expuesto al decirle que él también la amaba. Que odiaba sentirse débil, presto a ser lacerado, pero que había entendido que hay que mirar a la vida y a la muerte de frente, con el coraje que puede uno juntar.
Me lo imagino dándose cuenta de que Natalia, su ex pareja, no era buena elección, sencillamente por desconocerla y por no amarle, cobardemente pensando que se puede ser feliz con alguien cuya partida no nos lastima. Me imagino a Natalia como una mujer fuerte, que no se siente desesperada por casarse con cualquier hombre, incluido uno que no la ama. Me los imagino a los dos un día dándose cuenta, en conversación a corazón abierto, de que fue una pésima elección, y necesitan ambos, aún jóvenes, rehacer sus vidas por su lado.
Me imagino tantas cosas. Pero Julián me echó de su vida hace ya varios años. Él tuvo varias supuestas razones, pero siempre he creído que yo, al ser una especia de hermano postizo, y sabiendo demasiado sobre él, decidió despacharme, antes de que le dejara o le fallara o le traicionara, como se lo echó en cara siempre a sus padres. Ya no pude estar con él cuando se divorció de Natalia, y cuando decidió encerrarse en sí mismo, ermitaño emocional.
Me siento hoy en este bar, a donde vinimos la primera vez, cuando él me contó que acababa de conocer a María, hace ya tanto tiempo que hasta siento polvo encima de mí. Aquí vinimos poco antes de que me echara de su vida, más solo que nunca, y aquí me gustaría imaginármelo ahora e incluso imaginármelo en veinte años, tan naturalmente cerca de su fin, de su fin natural, sabio, satisfecho, si tan solo no se hubiera escapado solo de esta vida nuestra.