Habiéndote rehusado a decirme qué verdades acaecen en tu pecho y en tu alma -buenas, malas o terribles verdades-, me he resignado hace tiempo a pensar en ti como una caja negra, impenetrable, inefable, dolorosamente inexplicable.
Pero tus ojos parecen haberse rebelado ante ti, y me lanzan luces, pistas, destellos de verdades. En un instante, cuando los noto observándome en silencio, pienso que intentan saber si mis palabras son honestas y mis promesas confiables. En algún otro momento voltean a verme, traviesos, y creo que me llaman, me invocan, creyéndome timorato y tibio. En otro momento siento que me vigilan, creyéndome peligroso, aunque no sé en qué forma, y no sé si es por un pecado que pudiera cometer contigo o sin ti.
Mas al final de la noche te haces cargo de ellos, de nuevo, siempre tan tuyos, y me los arrebatas, me los escondes, me los niegas. Al final, como tantas verdades que no acabo ni acabaré de entender de ti.