Al no poder empezar a arrancarme tu alma de mi alma, me he comenzado a contar todos y cada uno de tus defectos. Pero, habiéndote adorado por tanto tiempo, en silencio y en secreto para mí mismo, tus imperfecciones han dejado de serlo.
Y salgo entonces a buscarte otras nuevas. Me cuento que detesto tu voz dulce, baja, que es incapaz de lanzar altas palabras de odio o de cólera. Me cuento que me fastidia que me pidas, de manera excesivamente amable, que no tome más de una copa cuando hablamos, porque deseas hablar conmigo, y no con el alcohol. Me cuento que odio el que cuando me visites, me traigas regalos: chocolates blancos, cereza en conserva, o pasteles de canela. Me cuento que me aturde que me abraces tan fuerte, pero que te de pena cuando acaricio tu rostro con mi nerviosa mano.
Me cuento que detesto que no te importe mi posición económica, tan idealista. Me cuento que me aburre la crónica de tu vida, tan detallada, tan ordenada, tan descriptiva, tan poética, tan entretenida. Me cuento que me irrita que me pidas que te cuente más de mi vida, en vez de hablarte de libros, de películas y de ideas. Me cuento que me llena de impaciencia el que dulcemente me insistas que acuda a tu lado a algún viaje que súbitamente te organizaste para nosotros.
Me cuento que odio que me respondas todo, o casi todo, lo que te pregunto yo, sin pizca de vergüenza, sobre lo más íntimo de tu vida. Me cuento que detesto que no me escondas lo más doloroso, lo más egoísta, lo más oscuro, y lo más pesimista que has llegado a ser en tus pocos peores momentos. Me cuento que detesto que quieras, quizás infantilmente, pensar que el amor es para siempre. Me cuento que me saca de mis cabales que seas honesta y transparente con tus miedos, tus dudas, tus absurdas inseguridades.
Y me cuento, entonces, desde lo más hondo de mí, que me acabo de dar cuenta, en este ejercicio mental, inesperadamente desnudo de mí mismo, sí, me cuento que en realidad me conté que me adorabas, que me conté que te costaba decirme cuánto me amabas, y me conté también que muy discretamente me llenabas de coquetas miradas, incluso cuando una tremenda molestia en mi contra te arrebataba.
Me cuento que soy un mentiroso yo, y que me conté un cuento, y que por eso nada tiene explicación ahora. Por eso ahora tienes a otro ya, tan distinto a mí, y acaso mucho peor que yo, y no tiene explicación, porque era un cuento mío que me necesitabas, que necesitabas a un salvador.